¿Los avances tecnológicos y los algoritmos están estimulando y ampliando nuestra capacidad creativa o están erosionando nuestro sentido natural de ser curiosos? En la sesión de cierre de una conferencia anual de la AMEC, ante un auditorio que reunía a referentes internacionales de la medición y evaluación de la comunicación, Paul Spiers lanzó una pregunta provocadora: ¿estamos tercerizando nuestra curiosidad en manos de los algoritmos?
La pregunta cobra especial relevancia frente a un fenómeno que atraviesa la publicidad, el marketing, el periodismo, el diseño y las artes audiovisuales: la homogeneización. La IA generativa acelera exponencialmente la producción, pero cuando las mismas herramientas trabajan sobre patrones similares existe el riesgo de que textos, imágenes, diseños y producciones audiovisuales comiencen a parecerse. Producir más no necesariamente significa crear más.
El contrapunto lo propone Golin (2024): la IA generativa puede democratizar las herramientas de expresión creativa. Si tradicionalmente muchos creativos conceptuales provenían de art o copy y contaban con ventajas derivadas de sus capacidades de storytelling visual o verbal, la IA permite que más personas expresen sus ideas mediante imágenes y textos, ampliando y diversificando el pool de talento creativo.La paradoja es interesante: la misma tecnología que puede homogeneizar los resultados puede ampliar la diversidad de quienes participan de la creación.
El ADN de la creatividad
La creatividad es parte de lo que nos hace humanos. Sawyer y Henriksen (2024) sostienen que, aunque otros primates pueden mostrar inteligencia, no alcanzan los niveles de ingenio, invención y creatividad característicos de nuestra especie. La creatividad, señalan, también aporta sentido, placer y valor a nuestra vida como individuos, a la sociedad y al mundo.
Cuando pensamos en creatividad, muchas veces imaginamos a un pintor frente a un lienzo, un músico componiendo o un actor sobre un escenario. Pero la creatividad no se limita al arte. También aparece cuando encontramos una nueva manera de resolver un problema, reinterpretamos lo existente o combinamos elementos conocidos de una forma diferente.
Creatividad con “C” mayúscula y con “c” minúscula
Sawyer y Henriksen (2024, p. 8) distinguen dos grandes aproximaciones. Desde una perspectiva individualista, la creatividad es “una nueva combinación mental que se expresa en el mundo”: reúne novedad u originalidad, combinación o asociación y expresión. Desde una perspectiva sociocultural, lo creado no solo debe ser novedoso, sino también apropiado, útil o valioso dentro de determinado contexto. En términos sencillos: crear supone hacer un aporte novedoso y valioso para alguien.
No toda creatividad necesita producir una obra extraordinaria o una innovación que transforme el mundo. También existe una creatividad cotidiana: cuando cocinamos combinando pocos ingredientes, encontramos una solución inesperada o imaginamos un camino que hasta ese momento no existía para nosotros.
La creatividad también involucra actitudes
Kastika, en Creatividad para emprendedores, destaca cinco: ser fiel a la vocación; aprender y seguir aprendiendo con persistencia y profundidad; hacer todo lo posible para concretar una idea; resolver con simplicidad; y aspirar a dejar una estela en el camino.
Cuando miro mi propia historia, reconozco muchas de estas condiciones desde muy chica. Crecí con autonomía y libertad para explorar, sin que siempre hubiera un camino prefijado. Frente a algo que quería hacer y no sabía cómo resolver, mi reacción era —y sigue siendo— bastante sencilla: “No sé cómo se hace. Voy a averiguarlo”. Preguntar, buscar, observar, combinar cosas aparentemente inconexas, probar, equivocarme y volver a intentar se convirtió en una forma de resolver problemas. Mi padre solía decirme “vos sos una química”, porque siempre estaba mezclando cosas. Con el tiempo entendí que aquella “batidora” era también una manera de ejercer la creatividad.
¿Estamos utilizando la tecnología o la tecnología nos está utilizando a nosotros?
En Superbloom (Carr, 2025), Nicholas Carr analiza cómo las tecnologías creadas para ampliar nuestras posibilidades pueden también terminar condicionando nuestra forma de relacionarnos, pensar y percibir el mundo. El problema, entonces, no es solamente qué puede crear la tecnología, sino qué ocurre con nuestra propia capacidad de preguntar, explorar, establecer conexiones inesperadas y crear cuando delegamos cada vez más esos procesos.
Hoy, 21 de abril, Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, la pregunta adquiere un significado especial.
Quizás el desafío no sea proteger la creatividad de la IA, sino aprender a utilizar una herramienta extraordinariamente poderosa sin tercerizar aquello que origina la diferencia: nuestra curiosidad, nuestro criterio, nuestra imaginación y nuestra capacidad de crear.
#Creatividad #InteligenciaArtificial #Curiosidad #Innovación #Comunicación #Algoritmos #IA


