Peregrinar es caminar y rezar con todo el cuerpo; acallar la mente y abrir el corazón. “El peregrino es alguien que busca… aun sin saber bien qué lo empuja”, decía Mamerto Menapace. Para mí, peregrinar es una invitación al silencio para conectar o reconectar con la fuente. Es también, siempre, un llamado personal según tu propio recorrido de vida: en 2025 resonó Santiago.
La mera decisión de emprender el Camino te pone en un movimiento interno… un impulso vital que te envuelve con su misterio. Algo fuerte y potente que se activa en vos. Partís con una convicción que convive con algunas dudas. Un camino, muchas rutas: el Francés, el Portugués, el Primitivo (según la leyenda, Alfonso II fue el primer peregrino a Santiago de Compostela) o el Camino del Norte, que recorre la costa cantábrica. ¿Cuál escoger? Todas convergen en Compostela para compartir la emoción de abrazar al Apóstol, testigo y amigo íntimo de Jesús.
Existen tantos caminos como caminantes. Cada uno peregrina a su manera: algunos viajan solos, otros acompañados por familia o amigos; están los que lo hacen a pie, los bicigrinos que prefieren la bicicleta, los que lo recorren a caballo… y hasta algunos lo hacen con su mascota (los canigrinos).
En todos los casos será una experiencia única y (me animo a decir) transformadora. Sea la ruta o la etapa donde comiences este camino milenario, inevitablemente dejará su huella. Como la vida, el camino se despliega al andar y se emprende con una mezcla de incertidumbre y confianza. Significa avanzar sin conocer el terreno: todos los caminos conducen a Santiago. Este es el llamado.
Desde el primer momento implica un acto de entrega a lo desconocido. Te subís al tren y no sabés mucho más. Cada uno irá encontrando el sentido. Dicen que quien camina, no busca llegar… busca encontrarse.
Cada mañana es volver a empezar. Como un ritual, vaciás la mochila para llenarla de nuevas emociones.
Viajás ligero, llevás solo lo indispensable: la mochila –la que cargás y la que llevás dentro–, el bordón (bastón de apoyo), la vieira, ícono del camino y el pasaporte del peregrino que vas sellando a cada paso.
Cada día atravesás senderos sagrados, ciudades de piedra, parcelas sembradas y los horreos típicos para almacenar el maíz.
Cada paso se vuelve oración, silencio, encuentro.
Cada amanecer, un renacer. Un propósito.
Algunas cuestas se vuelven eternas, y cada parada un paréntesis, un respiro.
Vas abriendo los sentidos a la vida:
– Estás atento al suelo y seguís las flechas amarillas, los “faros” del Camino.
– Sentís el aroma de los eucaliptos y ese hilo de luz y humedad que se filtra entre los bosques de castaños y robles.
– Escuchás el murmullo de las cascadas, el sonido de la naturaleza y el de tus propios pasos… y también las conversaciones en distintos idiomas.
– Te maravillás con las vistas de los valles, los monasterios y los colores del atardecer. Abrís los ojos a lo que no se ve.
– Degustás los sabores auténticos de Galicia, probás la tarta de Santiago y descubrís los vinos frescos y aromáticos de la región.
Con el paso de los días, la suma de emociones, cansancio y perseverancia conduce a quien camine al fondo de su alma para encontrar lo esencial: una experiencia espiritual profunda que nos recuerda quiénes somos y qué es —verdaderamente— lo importante.
La gran vista de Santiago desde el Monte del Gozo. Duelen los pies, sentirás ampollas, pero el corazón late fuerte. Imposible no emocionarse al divisar las torres de la Catedral. El camino termina, pero comienza otro en tu interior. La entrega te devuelve frutos inesperados.
El momento que todo peregrino sueña vivir. Si llegás a la misa del peregrino y el botafumeiro se alza, algo se mueve en tu interior. Imposible no creer que hay algo más…Abrazás a todas las personas que te animaron y te salieron al encuentro en el camino y quienes te acompañaron espiritualmente, aunque fuere desde lejos. Te faltan palabras para describir todo lo aprendido…
El Camino comienza realmente cuando llegás. Ya de regreso a casa, sigo descubriendo lo que me enseñó: dejar atrás miedos, vaciar certezas y abrazar lo inesperado —el poder del ahora–. Se trata de entregarte a lo desconocido, escuchar las señales y confiar en las flechas amarillas. Y saber que siempre hay una mano invisible que te provee lo necesario. Tan simple como eso. Sentís una gratitud inmensa por todo y por todos lo que te sorprendieron en el camino.
El Camino no es más que una metáfora de la vida.
Quienes transitaron alguna de las rutas Jacobeas quedan cautivados y solo anhelan volver. Y quienes aún no lo hicieron sienten que es una experiencia que hay que vivir al menos una vez en la vida. El Camino te elige y deja una huella imborrable. No te lo pierdas… por aquí, ya preparando el próximo.
…Y entonces, cuando el Camino parecía haber quedado atrás, apareció la luz de la Sagrada Familia —la Biblia tallada en piedra por Gaudí, el arquitecto de Dios. La tensión entre la luz y la oscuridad. La luz que nos permite contemplar la naturaleza. La fachada del Nacimiento, la alegría de la creación por la venida de Dios. Todo una continuidad de la conexión entre lo divino y lo humano.
Nuestro posteo de diciembre: Entre lo divino y lo sagrado:» la luz multicolor de la Sagrada Familia». 2da parte: Leer la historia del 4to.tramo del viaje a Santiago:

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